Una acelerada normalidad

de Cristiano Gabrielli

Quizás los prejuicios, cuando son tardíos, a diferencia de lo que sugieren ciencia y conciencia, no sean una cosa que tienes que defender: los frutos embrujados de la experiencia personal.

Un matemático cínico diría: la cifra exponencial de los desengaños expresados en el arco de la existencia o de la insistencia.

La propia.

Pero un sofisma a menudo es una mentira, lo sabemos muy bien.

En general, la mayoría de las personas mienten descaradamente, con respecto del grado de percepción que tiene: muy a menudo por comodidad propia y también ajena, se inicia desde pequeños.

De niños.

No profundizo sobre: los chicles rosas de Rin-Tin-Tin con el historia-tatuaje de lamer más que el chewing gum bajo la envoltura; bytheriverofbabylon; una gota de Cynar en un vaso gigante de Idrolitina helada; la alfombra marrón chocolate de un lado y castaña incinera del otro, perfecta para jugar al abierto sobre la terraza con cochecitos cada vez más destrozados; las rodillas y los listones blancos de las niñas con las que jugaba en el corral de la escuela y las piedras fósiles allí cavadas.

Las menciono de pasada para que se comprenda que al artista, después de los 40, le gusta el recuerdo fútil y prolijo y se pongan cómodos.

A aquel cachorro, no obstante lo que digan de ello los escritores y los expertos, también aquellos buenos en serio, puede latirle el corazón por cosas simples y extraordinarias: exactamente como a todos.

El problema solo es que lo hace más rápido que otro: ve más, imagina más, prueba más.

¿Cosa?

No lo digo en absoluto al primer bato que pasa, disculpa.

No entenderías: ni el Gestalt, ni la poética, ni la asociación de ideas, ni las subtendidas motivaciones.

Y me sirve absolutamente, tener algo de privado.

No pienso que sea justo poner toda la mercancía en la obra o en el proceso.

Por lo tanto, acabamos ya con el exceso de endoscopia, por favor.

Pero nos quedamos en tema de cirugía a vivo, en cierto sentido.

Más tarde, en todas las visitas cardiológicas que harás en la vida, el médico escuchando siempre te dirá, inevitablemente: ¿aceleradito eh? ¿Pero todo normal no?

¿Aceleradito?

Los trescientos veintisiete cigarrillos al día, los humos y los polvos de aguarrás y diluyentes, plaster, yesos y resinas, las noches insomnes, los vicios y el super trabajo, los litros de ahora nos hacemos otro cafecito y adelante con la chamba, los apocalipsis íntimos que has aprendido a administrar solo y sólo un poquito, por lo tanto un poquito demasiado tarde y mal, como a su tiempo has hecho con el exceso de sensibilidad y salivación…

¿Normal?

Está preguntándolo justo a ti, el sumo Esculapio.

El sentido de absoluto naufragio que siempre pruebo al escuchar la definición de esta hipotética, acelerada normalidad, es quizás más desolador de cualquier conciencia: entonces tengo que seguir de veras sintiéndome así.

Ándale pues, nimodología.

Me haré una razón de eso.

A lo mejor una aorta tapada se soluciona más fácilmente ¿no?

Ve a decirle.

El verano y por lo tanto la felicidad, significa entonces para mí dos cosas: jitomates y ventanas.

Trabajos veraniegos.

Los jitomates hechos en casa son un ritual de paso.

Entre el me fascina y el otra vez los jitomates caseros está todo lo que has aprendido antes de ser un garabato flaco de hombre, que quiere sólo dibujar y hacer artimañas, sea con las manos que con su imaginación.

La recolección de las botellas de medias cervezas y gaseosa, su hervir a baño maría, la peladura, el corte, medidas diferentes para usos diferentes, el precio por caja que este año casi era más conveniente comprarlos ya hechos, la inserción de los trozos en el cuello de las botellas que es un arte: mira no lo creo, se hace con el mango de la misma cucharita con la que se gira la salsa.

Una epifanía, también del empleo antropológico del objeto.

Piensas místicamente antes de dormirte: … ¿y si con la misma cucharita también se comiera la pasta? Así si, sería una verdadera chulada…

Presagios de otras noches y nuevas, idénticas iluminaciones místicas: con una barra enroscada que compras mañana en la ferretería éste lo puedes solucionar fácil fácil…. ¡pero no mames! Acaba con eso y hazlo de yeso y ya ¿no?… pero si en lugar de razonar sobre la estética del sentimiento lo miro al revés… ¡Gabrielli te odio! ya basta con estos berrinches, solo puedes hacerlo de listeza, casi nunca de rapidez… dejarlo enfriar en cierto sentido…

Voces de todos aquéllos que te han enseñado algo, voces también tuyas.

La felicidad absoluta es como una huella lábil, una baba de caracol, pero se adelgaza, se incide justo bajo el esternón.

Pequeños nada incomprendidos y luego absolutamente evidentes, claros, iluminados, vívidos para siempre.

Un paquete enorme de Panini encontrado en la calle.

Con nada menos que Agatino Cuttone: desconocida chafa fosforescente calienta banquillas y nombre de mierda.

Entrenarlo por un año: triunfar sobre Juventus en el clásico con su golazo, orgásmico, al minuto 97.

Recortar por días y días los personajes, copiados maniáticamente a vidrio desde los comics sobre hojas de cuaderno.

Todos los súper héroes y los súper villanos existentes, Marvel y DC aquí no bromeamos, por la guerra total de las mallas.

Pero pongo en la pelea además a Kriminal que no tiene nada qué ver y ni siquiera tendría que conocerlo, pero también se pone malla, tiene novias súper sexy e incluso es un chingón con máscara de calavera y lanza cuchillos.

Al final los mata, a todos.

Arrancar las alas a un mosco, luego se puede adiestrar mejor como asistente.

Comer con gusto pan seco y enteros botes de azúcar con la cuchara.

Dieta mediterránea modificada.

Escribir FUERZA LAZIO cerca del portón, para hacer inculpar a otro: tú le vas al Torino y eso todo el mundo lo sabe.

Luego ser descubierto y castigado, a causa de las Z al revés.

Así sólo tú la escribes: también ésto todo el mundo lo sabe.

El Zorro de los pendejos.

Leer un paso de un viejo libro de filosofía de tu mamá mientras buscas algo por la merienda, no entender absolutamente nada y no tener ningún miedo y tener al mismo tiempo muchísimo por lo que podría pensar, ella que adoras, de esto.

Esperar despierto a tu padre que regresa tardísimo del laboratorio y que todavía huele a limadura de oro y humo: serrín de boj y jabón Kop, si ha acabado un trabajo y está contento.

Y ayudar a hacer los jitomates, o decir no mira, no puedes venir a mi casa a jugar, es que tengo que hacer los jitomates.

Porque básicamente, digamos la verdad, los jitomates ya no ayudas a hacerlos.

Ahora miras, estorbas y ya, a veces a propósito, para que tu madre agotada te mande a tu cuarto.

Eres desde siempre un alegre misántropo y luego, la mayor parte del tiempo, estás muy a gusto de jugar solo.

También de grande, también la mayoría de las veces que te sientes un poquito solo y te emputas, no por contradicción Zen, pero con extremo gusto también en este caso, porque no pasa nadie a echar una mano o a regalarte una opinión y tienes siempre que hacer todo solo.

Pero luego, cuando alguien especial pasa, es más bonito hacerse ayudar o sencillamente enseñar lo que estás haciendo, o hablar de los proyectos comunes: un poco minimizando y escondiendo y mucho buscando la misma felicidad tuya en los ojos de quien mira.

No mira, no puedes venir a mi casa a jugar, es que tengo que hacer los jitomates.

Decirlo ahora como justificación, haría sonreír el interlocutor.

No de ternura, obviamente.

¿Y decir en cambio a alguien: no mira, tú justo me das pura lata si pasas?

¿Quién es el que dijo que, si todos dijeran lo que piensan, la (propia) verdad (del momento), sería el mundo sencillamente igual al infierno?

No importa.

Los barnices son en cambio la solución, en la familia, para dar nueva vida a las persianas de toda la casa como aquel viejo librero de hierro.

No, te dicen: no lo hagas, el hierro mejor no pelarlo, nunca.

Las persianas de madera, de pino Douglas precisamente, el obrero las trabajará en el sitio, utilizando la terraza de casa.

Se rasca, barniz viejo y polvo.

¿Pero esta vez en serio las hacemos de aquel verde asqueroso que ya utilizaron en el edificio? ¿Y madera natural con un buen Flatting marino?

Pero mejor no rascar nunca demasiado V.S no, hace falta rascar a fondo, reconducir el pino a madera viva.

Éstas son dos Escuelas que se enfrentan: me dan risa las batallas sobre la estética, los programas, las reglas y los alambiques.

La primera es adepta a la “manita de gato”, limpiar bien más que nada, con aguarrás empobrecida, luego una resanada, pero sólo justo adonde y si sirve y pasar una bonita plasta de esmalte, de un color más obscuro ya sabes, y entre un año o dos otra, si Dios quiere…

La segunda opta por una intervención más decidida y enérgica: el hombre lo quiere, y ahora.

Mi padre declaraba a toda la mesa, picando el durazno que ponía en el vino blanco, frío: cuando se hace un trabajo…

En aquella suspensión ya estaba toda la victoria del Método.

Y escóndete, Cartesio.

Feliz, yo fantaseaba de extraordinarios ácidos y solventes universales que habrían utilizado por esta solución final.

Lavados con bomba y nafta, mágicos líquidos alemanes, quemar los restos con llama oxhídrica si sirve…

Durada: 1 día de asistencia al trabajo y obtención del obrero de turno, en ceremonia tipo investidura de Perceval, por la impagable aportación y la dedicación absoluta demostrada, de un frasquito del portentoso ungüento o un préstamo temporal del artilugio utilizado o la sabiduría técnica necesaria.

De experimentar a lo mejor sobre el viejo modelo de Buick Riviera pintado por error de oro falso indeleble, y mal, en una tarde de aburrimiento e ineptitud.

O sobre el barco para los Playmobil que vas construyendo con todos los descartes de madera, zócalo, trozos de cajas del vino que has logrado recoger.

La eliminación de las capas y capas de pintura era en cambio muy mecánica, necesitaba un par de semanas: lenta e inicialmente absolutamente aburrida.

Antes a espátula, para hacer saltar las costras movedizas: sobras de otras tardes veraniegas inexorables, pero al final, alegres e impagables.

Mías o tal vez de alguien más ¿quién sabe?: entre una varilla y la otra el yo se borraba.

Y luego hoja de lija: pasajes de números progresivamente más finos, los polvos que saben de aceites minerales persistentes y luego de exquisita resina de pino.

Luego resanar.

¿A madera o a la francesa?

A madera, a madera.

Los retoques, los tacos.

Por fin: fin.

Que es decir primera mano: iniciar a pasar el fondo.

Piensas: pasar…pasar… ¿pero no era, tocar el fondo?

No, si lo tocas se pega a los dedos y nunca lo pasas, imbécil.

Pero no lo sabes, y obviamente lo tocas, está claro, bajo la mirada del obrero que retoma la brocha con paciencia y da otra pasada sobre tus huellas, mordiendo con gusto el bocadillo con la mortadela, luego un bonito sorbo a la cerveza.

Luego dos o tres manos, según la necesidad y nunca sólo de la gana.

Y ésta es otra que te acordarás luego, con respecto del trabajo.

Y las persianas: cuánto es bonito luego colgarlas, manejándolas con la maestría y con la fuerza que empiezas a sentir, tocándolas con la punta de los dedos que sujetan trozos de hoja de lija fina para no mancharlas.

Se apoyan sobre el pie, para retomar aliento: así no se arruinan.

Y verle de veras: nuevas.

Una epifanía.

Todo esto podría explicar a alguien mi actual aptitud con las ventanas, aquí en México.

En muchos, entre peatones y vecinos, me han mirado un poquito sorprendidos, lanzándome un ¡échale güero!

Divertidos o curiosos en muchos se han parado a preguntar informaciones.

Es que las ventanas son cómo las personas y a mí me gustan sin capas.

Otros que me quieren se habrán ciertamente también preocupado mientras, balanceándome sobre la escalera, atacaba las ventanas externas del nuevo espacio por días y días.

Con cepillo de hierro y los discos abrasivos, el soplete a propano y luego con no menos de 5 litros de “removedor”, una bonita manita de lija, por fin otra de disco.

Herrería matriculada 1970 y repintada a plastas sobrepuestas de esmalte de vario tipo y color hasta el azul del fondo originario, sin solución de continuidad, para entender el nivel.

Sea de las ventanas que de la locura del protagónico interprete de la misma, claro.

Obviamente manos absolutas, alguien me ha dicho sorprendido: en serio ¿se diluye?

Ya me hube inútilmente enfrentado, en el anterior estudio, con la tarea de barnizar “a la italiana” una ventana mexicana.

Ella ganó, a pesar de todas mías triunfales e ingenuas declaraciones de intentos, de los tentativos efectivos y la insistencia.

Después de días de esfuerzos y cabreado, vanos y frustrantes, tuve casi en llanto rendirme a una ulterior mano, generosa y grasa en realidad, de esmalte negro cubriente.

Proporcionándola me avergonzaba hasta la a muerte, sintiéndome un mentecato, un fracasado y un chafista.

Esta vez vamos a escribir otra versión de la historia.

Tom Sawyer vuelve siempre al lugar del delito, Bebé.

Sin ayudantes y nimiedades en los bolsillos, claramente: cuando quieres un trabajo bien hecho…he declarado.

Casi he sentido un sabor de duraznos al vino blanco en la boca: un potencial evocado.

A lo mejor un cuate lleno de sabiduría, psicología, PNL, filosofías de vida y otras mamadas neopositivistas, observaría superior que yo soy particularmente testarudo, un sabelotodo atrapado en los patrones asimilados durante la infancia y en cierto modo absolutamente un estúpido: desagradable y despiadado, en los desempates, en los aproches y en la existencia en general.

Qué esto está muy mal: tanto para los demás como para mi subconsciente, el equilibrio psíquico, el karma, el niño interior y por la gestión general de las energías, de los recursos y del tiempo.

Leyendo, añadiría que claramente desahogo, inútilmente por cierto, el hartazgo y las rabietas pubescentes y las más recientes nunca solucionadas.

Que mi niño interior se murió ahogado tiempo atrás en el polvo, sobre la terraza de la casa de mis padres.

O qué es un tóxico enloquecido, pervertido para siempre de los humos del Thinner.

Pero no es cierto: en cambio allí ha nacido su concepto de felicidad.

Yo digo que, de un lado, quiero repetir absolutamente un momento de adquisición, de sabiduría y de crecimiento, un instante sabático: un momento de plenitud y cumplimiento.

Es esto lo que hago, en mi trabajo, además: buscar comprender el mundo y de recrearlo, de solucionarlo no invasivamente.

Mientras tanto ciertamente a lo mejor chingo bastante a los demás, aunque estoy por mis rumbos.

Aplicar mi pequeña sabiduría para la gran obra, para que pueda enseñar a otros, más allá de que a mí mismo, la perfección, la gran belleza incontaminada de aquello que es contenido sólo en un objeto.

La suma de la energía de lo que yo soy, de lo que he vivido: en un punto sólo, en un sólo momento.

Del otro lado, pienso en las persianas barnizadas en la casa de mis padres.

A cuánto fue bonito aquel momento.

Y a las personas barnizadas de fresco, yo incluido: ¿cuánto sería bonito verlas, por sus pieles nuevas, con todos sus arañazos y los retoques?

A mí me gustarían más, lo confeso.

Los míos me gustan mucho.

También me gustan las cicatrices, imperfecciones y extrañezas surtidas y me enamoro locamente de defectos absurdos, rarezas y bizarrías.

También de algunas que me hieren o me hacen encabronar bastante.

¿Mecanismos pasivo-agresivos?

¿Sadomasoquismo narcisístico-histriónico del cual librarse?

No sé, no lo creo para nada.

Como para las ventanas que ahora tenemos en el espacio: las prefiero exactamente como son ahora que con una mano de barniz agregada a otra.

Las reconduzco a hierro vivo y paso un transparente, pero en absoluto nunca una pátina: no estoy tan loco.

Mi Socia estaba presente y sabiamente, como a menudo ocurre, dijo sencillamente sonriendo: muy neoyorquino, pero ¿porque no las hacemos blancas, como aquellas al interior?

En absoluto no la escuché.

Luego he gozado de manera casi insana y me he conmovido, a decirla toda, cuando una anciana señora, un mes después, pasando mientras acababa con los últimos toques, me ha dicho sonriendo enigmática:  lo felicito joven, son ahora aún más bonitas que cuando las instalaron.

No, no se estaba mofando y no es para nada una alucinación o una invención: tengo testigos.

Pero tengo también que confesar, sinceramente, una triste realidad.

En algunas partes estas ventanas llevan una pátina.

La he aplicada por un exceso de buen gusto, causa por la que indudablemente un día moriré.

Una pátina, antes de dar lo transparente sobre el metal pelado a vivo, en algunos puntos dejando el óxido de clima marino que aquí se alcanza en un día.

Una pátina: para cubrir aquellos fragmentos azules que no he logrado destruir ni siquiera con las bombas nucleares y que me chocaban la sensibilidad estética y quizás más aún el sistema nervioso, dejarlos a la vista.

Mi vista, porque el 70% de las personas tampoco logró verlos y el 100% si se los enseñaba puntualmente declaraba: y… ¿que?

Entonces toda la idea chingona y semiológica, de construir una edificante parábola, de querer asimilar personas y persianas en una bonita metáfora, útil por el sabroso dique final y justificativa también de la enormidad de tiempo que desperdicié para hacerlas así, es destinada a fracasar, desaforadamente.

Lástima.

De ser unos mamones súper conceptuales pudo haber sido una pieza para la exposición.

Título de la obra, Abrasiones Paralelas 31×1, próximo destino: Documenta Kassel, Alemania.

Púdrete, Kassel.

Lástima de veras en cambio, por otros motivos.

Con algunas personas cómo sería bonito poderlo hacer, simétricamente.

Como en cierto sentido es fracasado mi reto con las ventanas a la mexicana.

Porque luego la pátina tú la pones, Bebé.

Y quizás con las personas pase igual.

Y quizás sea inútil y dañino pretender verlas “naturales”, sin filtro.

Y aunque si logras verlas a lo mejor deberías callar, simular que no, no puedes.

Y fijarte sobre las cualidades y no sobre los defectos.

Pásale, pensamiento positivo.

¿O no?

También pienso en aquellos Gauloises sin filtro, buenísimos, que fumaba con gusto en clase, dibujando por horas cabezas de yeso desbaratadas, en el Bachillerato Artístico.

Gattamelata, Juliano con su yelmo de fantasía, el Prisionero y aquella ñoña muy mona de la Virgen Médicos, Augusto y el horroroso Quadricefalo, con su revoltijo de caras y épocas.

Así es: fumaba durante las lecciones.

Porque mi Director Estratosférico, en absoluto no un Ejecutivo Escolar Contra Reformado cualquiera, si te encontraba a echar la hueva en el pasillo te enviaba enseguida a tu clase, indicándotela con los dedos bronceados, amarillos tanto de óleo como de nicotina y naturalmente humeantes, que apretaban un hediondo Stop largo.

¡Y bueno, le felicito Gabrielli, francesa e incluso sin filtro! ¿Pero, qué pedo, bésala mientras dibujas no? ¡Te la gozas el doble!

Sin filtro, y mientras dibujas te la gozas el doble.

Declarar de haber vivido siempre así y hacer creer que es absolutamente la verdad.

Sería muy cool y mucha gente incluso podría tragársela.

Pero ahora fumo Marlboro poket que se van como nada y a veces dibujar no es suficiente, para gozar el doble.

Entonces no paro de dibujar, pero enciendo enseguida otra.

Mirar la ventana siempre es eficaz, casi más que mirar desde la ventana, al menos en este momento.

Fumar sentado sobre los peldaños por la tarde y mirar aquellas del local que estamos remodelando como sede de nuestra asociación siempre es, en todo caso, muy bonito.

Pasó mi Socia mientras las trabajé y la loca ha querido usar el soplete, para echarme la mano a pelar y quiso usar el taladro con el disco.

La he admirado y amado, mucho, por esto.

Es una gran tipa.

Con el taladro sólo ha hecho dos vueltecitas, luego la he hecho poner como a Darth Vader, con máscara y gogles y después de treinta y cuatro segundos se lo he sacado de mano, porque no quise que se lastimara.

Me da por protegerla.

A ella.

Que brinca más alto que yo, aunque está parada, que algo arriesga cada vez que se mueve a mis ojos, porque yo sólo me mataría al intentar ciertas cosas.

O ya me he lastimado al hacerlas o al sentirlas, cierto otras o cosas parecidas, que no son específicamente artes escénicas.

¿Pero sin filtro te la gozas el doble ¿verdad Socia?

Aquí haremos cosas que destacan.

La tarde está hirviente, la coca fría, asquerosa y absolutamente perfecta.

Viva la gluglu-balización.

¿Quién escribió que el mal siempre funciona bien y automáticamente?

No importa.

Nosotros somos los buenos y nos gustan las cosas difíciles: las fáciles nos las tomamos si sirve y basta ya.

De una parte, se habla de futilidad, por eslogan y en coro, se disparan selfis histriónicos, se muestra diversión en pose, se habla en los teléfonos de Berkeley y de citas, siempre en otro lugar más verga, siempre mañana y de persona de super power y objetivos, de lomas, de sushi yummy, de show, de desarrollo y claramente de great business, man.

Todos tienen una edad indefinida y éxito, todos visten la playera justa, muchos tienen coches nuevos y brillantes que generalmente no saben aparcar y que adoran que alguien más lave mientras ellos miran.

Podría ser Milán de los 90 o quizás la colonia Pigneto en Roma o la Condesa o Polanquito en la CDMX, ayer u hoy.

Quizás no tendrían coche, una bici de adamantium y carbono es más ecológica, pero igualito serian fan de Uber.

Nunca se escapa, por mucho que te muevas.

Cállate: tú también unas veces utilizaste a Uber.

De la otra parte hay dos obreros que ya hicieron fiesta desde hace tiempo, tardados por la charla, las ballenas de tierra y el dominó, parados delante del depósito de cerveza Tecate.

Más rojos en la cara que la insignia: son absolutamente espléndidos.

Casco de plástico, dos bicicletas absolutamente improbables que ahora no logran manejar: un radio colgado al manillar de uno lamenta a volumen absurdo un narcocorrido de Herr Komandant, el Smartphone del más joven desenhorna al mismo tiempo algo de banda.

Como hacen para escucharlos y a escucharse es un misterio absoluto.

Pero lo logran y se la pasan muy bien, al parecer.

Playera chafa y los chalecos refractivos empolvados, la inscripción sobre los hombros dice: mi seguridad está en mis manos.

Fantástico… ¡a huevo!

Y luego me río de gusto: me encanta estar aquí y amo a esa gente.

Yo también debería tener uno así, pienso enseguida, creo merecerlo, por un montón de motivos.

Pero quiero algo más grande.

El I´m a creep I´m a weirdo de las 22.55 que viene del local cercano se siente apenas.

En un rato, a las 23.05 señores que nos están siguiendo, infaliblemente, llegará Like a stone, luego a medianoche se inicia el cierre con énfasis: ¿adelante con Radio Gaga?

Viernes transgresivos, por lo tanto, rápido hacia otro antro o un local dónde se baila rápido y aún mejor se toma rápido.

Pasa una auriga adornada de led, atascada de gente que ríe, grita, come, toma y saluda.

El cuadragésimo séptimo remix de Despacito lo sienten hasta en paraíso.

Quiero trabajar en una máquina del tiempo: para probarla la usaré para esterilizar Julio en la cuna.

Aquel español melifluo, galanazo e invasor, incluso de Italia, a su tiempo.

Lo haré Despacito, obviamente, con mucho cuidado.

Si te los dejo, no vale.

Su voz podría mejorar y quizás también todos nosotros.

Así no tendremos en fin también a Enrique para contaminarnos la vida y a lo mejor la gente, sería también más feliz.

No soy cínico: he pertenecido y pertenezco a aquéllos que crítico y también a otros límites, vicios y parecidos.

No soy para nada inocente: en este punto, acerca de la existencia, estaría contento y honrado con poder alcanzar la equidistancia.

Me gustaría al final una especie de karma cero.

Pero sin mediocridad, por favor: ningún “honesto empate.”

¿O a lo mejor se puede pensar que estoy haciendo una vez más una cuestión de buen gusto?

Y luego basta ya con las ventanas: la próxima vez las hacemos blancas, como aquéllas interiores.

Se necesita innovación.

Pensaremos por lo tanto en los jitomates.

Qué pudiera ser sea un dique mejor que un óptimo inicio, en mi opinión, en vista de las mil cosas que tenemos que hacer mañana.

Cristiano Gabrielli https://www.facebook.com/cristiano.gabrielli.94

Portfolio https://www.behance.net/cristianogabrielli

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